Soy yo

Hierve la temperatura y emerge la presión de tu tensión. Es bajo la luz tenue de tu diferencia cuando el corazón se te acelera un poco más de lo normal.

Encuéntrate viendo y sintiendo de nuevo para que en un respiro de esa tensión tires de la mesa todo lo que hay, cogiendo cualquier cosa que te recuerde que sientes. Que le prendes fuego con solo mirarlo.

No tienes piedad siquiera de un mísero lápiz que acompaña al folio medio escrito.

Lo miras y ¡que prenda ya! ¡Por favor! ¡Que arda! ¡Que se consuma sólo! ¡Déjame! ¡Vuelve! Es hora de tirar la silla hacia atrás, de volver a mirar las fotografías entre tus dedos lastimosos, con tu sudor frío, áspero y delirante. Cuando eras tú.

Ese eras tú – sólo mira– mira las fotos, tu cara, tu rostro. Eras tú y te estabas empezando a desmembrar en mi propio laberinto.

Ahora entiendes el porqué de todo. El porqué de tu llanto abrasador, quemó las mil y una noches que ya son irreversibles.

No hay tiempo para nada ni para solucionar.  Ya no te queda nada donde escribiste las mil y una palabras de ella, hacia ella, por y para ella.

Enfurécete de nuevo bajo la soledad de tu escritorio, bajo la melancolía que te recorre la vida misma. Moviéndote en cada paso que das porque no hay solución. Has llegado al  final de la historia pero al principio del olvido que no quieres aceptar.

No hay opción.

Ha llegado la hora del llanto, de explotar por dentro, de reconocer que la gran parte de la culpa la has tenido tú y…

Has explotado.. no gritas por vergüenza. Sabes que gritar en silencio te hace más fuerte, como pedir auxilio cuando ya estás ahogado en vuestro propio mar que creaste junto a ella. Bajo el sol naciente que ahora solo te mira, sin salvarte, sin poder hacer nada para que estés mejor. El sol impotente de verte sin hacer nada, viendo como te ahogas en tu propia culpa, de que tu forma de vida le lastimó.

Curiosidad penosa que es ese mar. Mar repleto de tempestades pasadas, de milagro amoroso ocurrido delante de él. Alguien más lo llenó junto a ti y ese alguien ya no está.

Vaguean las lágrimas que acabas de dar libertad en este momento.

Que ella no está y que no va a volver.

Lo sé, soy cruel.

Sé que sigues teniendo fuerza. Te preguntas quien soy yo, porque te he dictado las cosas: el llanto que tenías que decir o la tensión que acabas de sentir.

Te lo preguntas mil veces

– quién soy yo –

Soy la decisión amarga, el camino, aquel u otro pero el camino. La línea que no ves, la que se cruza y toma curvas delante tuya.

No puedo ser la cosas que no ves pero si soy la que sabes que está ahí.

Soy yo, el que ha venido a recordarte que lo que sentías era amor.

Soy yo, el dolor de aceptar.

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