Mi viaje anónimo a nuestro lugar

Hoy me hallo en el mar desolado que dejamos tras huir uno del otro, con un sol que apenas crece, el aire apenas corre y no hay nadie, sólo cicatrices enormes y alguna que otra pintura en ese cielo partido en dos, espinas, rosas con espinas, rosas marchitas, cartas, cajas de recuerdos, fotografías enmarcando momentos contigo, todo allí, tirado, como si nada de eso nunca hubiese tenido un dueño o una realidad que reflejar.

Es un día para recordarte,
porque salía hacia mi futuro pero tu estabas ahí,
a las espaldas mías, en mi pasado,
pero hoy quiero recordarte.

Me hace llorar, pensar o querer creer que tu de vez en cuando viajas por aquí, que retomas a veces este lugar como si volviese a ser de los dos.

Alguien me lo ha dicho, viajas por aquí, en este inmenso mundo de añoranza y malestar sentimental.

No fue una persona, no fue que te espié y por eso sé, entrar entré con sumo cuidado, sin dejar huellas, dejando todo como estaba desde el último día que corrimos sin avisarnos, entrando sin miedo y allí, en el pequeño lugar donde nos veíamos encontré tus pisadas.

En ese paisaje hubo un sol, una lágrima feliz que temblaba cuando nos mirábamos, un cielo unido, un pasado austero de los dos, un presente maravilloso y un futuro amado, que había un montón de recuerdos con sentido, con pisadas unidos, de dos por dos, con un sólo motivo para despertarse; estar ahí pendientes como dos niños de la vida, de que el futuro nos preparaba para seguir juntos. Ese era aquel mundo; el de nosotros.

La calle mojada

Se encontraba la calle mojada por la lluvia y sombreada por el nublado de las nubes, él estaba allí pero fuera del revoloteo de la gente que pasaba al lado, tumbado sobre la pared y mirando hacia nada.

Le quedaba poco allí, en esa pequeña calle de inocente y estrecho tamaño.

Le quedaba poco allí, en esa pequeña ciudad rodeada de sentimientos.

Le quedaba poco allí pero pasó mucho allí.

Una fusión que surgió de algún lugar de su mente, no quiso recordar pero fue inevitable, recuerdo que vino por soltar aquella lágrima que se confundía entre la lluvia, no sabía a nada esa lágrima para los demás, ni siquiera la lluvia parecía afectar a la gente que pasaba por el lugar, no les mojaba.

Pero la importancia de aquellas lágrimas regresaban a esa calle, esa calle debía una gran historia al muchacho. Siempre que llovía empezaba por esa calle, siempre que lloraba las lágrimas iban a parar allá, era innato.

Las horas llegaron a pasar rápido, tan rápido como que las lágrimas que se dejaban caer sobre su rostro reflejaban el miedo, el querer, el cariño silencioso.., el tiempo y esa calle fueron impresionantes en su día para aquel chico y aunque realmente no llovía en el corazón de los demás, si llovía para aquel chico que sentía esa lluvia, ese reparo tan inocente y tan arduo que le indicaba aquella calle con historia, aquel comienzo y aquel fin.

En aquella calle llovía y nadie se daba cuenta.

En aquella calle se amaba y nadie se daba cuenta.

La historia de aquella calle… reflejada en un espejo de agua de una lluvia ficticia que ocurría en el corazón de un chico.

La historia de aquella calle… que empezó con una mirada infantil y terminó con una lágrima triste.

Historias de unas manos que se encontraron

Salía de aquel lugar donde estudiaba y se sumergió en la amistad que estaba apunto de volver a ver; su amigo.

Su amigo y él desconcertados por aquel reencuentro decidieron que tal amistad había que celebrarla en algún lugar, un lugar a primera vista inocente para él, sin percatarse de lo que podía ocurrir en los próximos minutos.

Inocencia convertida en un asustadizo recuerdo que percata este relato.

Se sentaron, hablaron de sus grandes historias, se dieron ese abrazo que hacía tanto que no se daban, hablaron de como el mundo seguía girando a pesar de querer pararlo un momento, sin duda un agradable ambiente, excitado aquel lugar con este reencuentro tan amistoso.

Y como si de una nota de un violín se tratase, alguien puso un acorde más en aquel pequeño reencuentro, como si la pieza que faltaba y que tanto se seguía echando de menos volvía a el.

Ella sola acompañada de su tristeza, mirándola aquellos ojos que todavía tienen impregnado su recuerdo.

El amigo y él siguieron su reencuentro, como si nada estuviese pasando, su amigo sin saber que pasaba y él agachando la cabeza totalmente inmutado aparentemente pero dentro de él; el revoloteo de siempre.

La despedida se acercó y él se quedó sólo leyendo aquel periódico de ese septiembre de 2010 como si esperase que ella se diese cuenta que estaban los dos en el mismo lugar.

El si lo sabía, el no sabía que ella también; que estaban allí juntos esperando algo de uno de los dos.

El sólo con su periódico, ella sola con su café.

No hacía falta verse para saber que estaban más cerca que en los últimos 10 meses han estado, porque estaba a punto de ocurrir.

Sus cabezas, sus corazones o lo que fuese sentían cuando uno de los dos estaba ahí, como aquella empatía innata que ocurría entre ellos cuando les ocurría algo a uno y el otro no estaba cerca pero sabía que algo le estaba ocurriendo a su mitad.

Un don dormido que se despertó en aquel lugar de reencuentros y que arrastró a ella de su café hasta su mesa. El no quería darse cuenta que se acercaba.

Sentados uno al lado del otro, no hizo falta decir ni hacer nada más ni hace falta contar más por la emotividad llorante que acompañaba aquel recuerdo.

Simplemente se dieron la mano y él suspiró.

No era real lo que vio ni tan siquiera fue un sueño; fue un sentir, un renacer dentro de él, un murmullo de sentimientos aflorando en un momento concreto de la noche…

Un recuerdo que no ocurrió pero lo despertó.