Perdón a un mundo que conocí

“Perdón a un mundo que conocí” es un relato, el cual se puede descargar en el enlace de abajo, tiene un contenido de 4 páginas en las que cambiando un poco de temática a lo que suelo escribir y adentrándome a nuevos estilos como es el relato, cuento la historia de como la suerte puede hacer que tu conciencia no se quede tranquila, aún sabiendo que pasa o no pasa en un mundo que al parecer queda desolado por alguna razón.

Espero que os guste.

enriquear.

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La orquesta

Las gotas de lluvia son algo más que un saco lleno de agua que cae del cielo, significan algo. Son una inmensa orquesta que cae dando atención al sonido que producen, pareciendo que no tienen sentido en un inmenso mundo lleno de apenadas penas que pasan desapercibidas. Que aunque no lo parezcan, ayudan a sacar inmensas escenas en un mundo lleno de personas con sentimientos.

Eran esas gotas, con aquella orquesta que caía sobre el muchacho. Parecía irreal pero se estaba empapando en aquella calle. Él y su guitarra estaban a rebosar de agua a pesar de lo malo que puede llegar a ser el agua para su madera. Es la orquesta que aparece independientemente de que tu día halla sido bueno o malo, interrumpe al sol y se empapa en ti.

Fue la cara mojada de aquel muchacho. Unas gotas que pasaban de su pelo hasta sus labios cayendo hacia la barbilla y de ahí al suelo. Magnífico aquel aguante, aquella razón que lo mantenían a él y a su guitarra debajo de aquella lluvia. En una calle cualquiera, de una ciudad anónima y de un país extranjero.

Parecía que era lo último que estaba haciendo en su vida. Tras sus rasgueos, intentaba aguantar los nervios en unos dedos que se colocaban como cejilla en el pantanoso traste, dando unos acordes que parecían ser sacados para acompañar al ruido de la lluvia.

Fueron sus propios ojos los que delataban a los demás. Las personas que pasaban y miraban de reojo  buscaban refugio en esa inmensa orquesta. Todos pasaban y el pasaba desapercibido, sin que nadie se diese cuenta de que aquella música acompañaba aquel día nublado de sin ella.

Las monedas también parecían mojarse ante sus pies. Unas monedas que engañaban a todo aquel que las daba. No era el precio de su música, era el precio que el tiempo le estaba dando. La gente lo pagaba así y él lo demostraba con sentimiento. El dinero estaba demostrando lo que valía el tiempo sin ella.

Era aquella voz, la que gritaba y cantaba a la misma vez, el sonido que deseaba inventar un algo que le diese la oportunidad de volver atrás, de volver a elegir las decisiones, enmendar los errores, haber huido como un extraño, de acabar en medio de aquella orquesta. La voz se arrepentía por decir aquello de: “No quiero saber nada de ti, ni quiero que sepas nada de mi”, sabiendo que ahora se muere por reconocer la voz que le hablaba y que ha olvidado.

Ya lo sabes de sobra, la fuerza de aquel muchacho se encontraba en ella, en aprender, en manifestarse de algún modo a su propia vida aunque la gente pasase a su alrededor.

No se podía esperar que en aquella calle apareciese ella. Con su música y ella en mitad. Agachado, tocando y mirando hacia abajo y que ella fuese la que recogía su cara para mirar al frente y que le dijese; “No sigas, ya todo ha acabado”. Era imposible de esperar pero posible de imaginar y más aún de desearlo.

Son errores con sentimiento que nos hacen tocar en una calle cualquiera, esperando a que alguien se pare o que alguien les dé valor al tiempo con el error, que el antagonista del error aparezca.

Fue una guitarra, un muchacho desesperado y una lluvia el final anónimo de cualquier  belleza historia de amor, de el final de un corazón, de cualquier vida bien amada.

Donde acabamos todos, tocando para lo que echamos de menos.