Estaciones

Lo hablé con ella el día anterior, “no hace falta que me acompañes puedo ir sólo, no me gustan las despedidas”.

Me di cuenta que el rugido que hacían las ruedas de mi maleta al caminar por esa calle eran la melodía de una escena. Como el estruendo que suena antes de un suceso nervioso, austero y doloroso del que te da miedo seguir adelante.

Ella estaba en mi mano y yo en la suya. Parecía que nos arrastrábamos para seguir juntos, a veces se iba despacio y otras más lento todavía. Siempre vi el camino como aquella nube que aparece en un día soleado, tarda en desaparecer de tu cielo, de tu memoria.

Las gafas de sol acompañaban, que como si de una careta se tratase, disimulaban o escondían alguna mirada de miedo, tristeza y sin esperanza. ¿Qué va a pasar? ¿qué será de ti y de mi? Mirar a unos ojos tristes siempre ha sido difícil, sobre todo cuando los ojos que miran habitan en ellos una mirada de complicidad, de ilusión, de sentimiento y están a punto de desvanecerse en una inmensidad llamado mundo.

Las maletas se arrastraban trayendo consigo unas miradas tímidas y ocultas, unas manos entrelazadas, unos suspiros que predecían los silencios que surgían y unos besos espontáneos que acababan con cualquier guerra.

Era ese momento, el momento del que siempre te hablaban y nunca creíste formar parte, del que te dicen “aprovéchalo hasta el último momento, no seas tonto” pero ese momento estaba ahí y ¿cómo se supone que se debe aprovechar ese momento? Sabes que estás y lo estás viendo pasar. El silencio lo mantienes porque no sabes actuar, un silencio que mantenía las lágrimas en su lugar, en nuestros propios hombros al abrazarnos.

Llegamos con nuestro silencio, con las miradas, con nuestras manos y aquellas maletas… aquellas maletas, que cuando llegaron al andén, se callaron por el suelo liso que ahora las callaba. Como dije al principio… predecían una escena triste.

¿Y ahora qué?

Fue la hora de esperar allí hasta que llegó el tren.

Me miró, la miré y los llantos estremecieron aquel lugar. En ese momento da todo igual, da todo tanto igual que a pesar de que 20.000 personas pasen delante tuya tiras las maletas, sólo quieres estar ahí para permanecer, que se quedé mezclada la escena en tu vida, que se clave como un puñal de agua ardiente en un corazón abstemio de sentimientos. Simplemente hablas con el corazón en la mano.

Sólo se habla con el corazón cuando estás perdiendo a alguien. Hablas tanto que llega un momento en que no eres consciente de lo que hablas.

“Te quiero, adiós, volveremos, no te preocupes todo irá bien, ha sido fantástico conocerte, eres increíble, sé feliz, cuídate, no dejes que nadie te haga daño, no me olvides, perdóname si hice algo que te molestó, eres especial, ojalá te hubiese conocido antes, tengo miedo tanto de que vuelvas como de que te vallas”.

Eran las frases que normalmente dices en momentos concretos de tu vida y ahora las dices en apenas 5 minutos. Por el valor que nos dimos uno al otro, para demostrarnos en 5 minutos que aquello estaba ahí por ver.

“Hasta aquí” 

“Ahora se está abriendo o cerrando una puerta entre nosotros”

El tren marchó con un chico cargado de sentimientos, nervioso y sin ganas de volver y la estación dejó una chica inocente llorando, regalándome aquella última sonrisa tras el cristal del tren. La sonrisa que regalas llorando diciendo que todo ira bien a pesar de que el mundo se mueve en círculos, cambiándote de vida en todo momento y aunque lo prometas nunca lo sabes. La vida es vida, es lo que me decía mientras agarraba su cara empapada en llanto.

Llegué a el aeropuerto y allí me encontré en la cola esperando a que mi avión empezase a reclutarme. Era el momento de acordarse de todos mis amigos y familia que me estaban esperando tras un año perdido por el mundo. Lloré.

Y el avión empezó a despegar intentando dejar en el cielo la estela que los caracteriza, la estela de que alguien vuelve o que alguien se va.

Pero el problema de verdad llegó cuando llegue a mi país, cansado y tiritando de miedo por el futuro que se abría o cerraba ante mí. El problema es que al aterrizar todo parecía un sueño, como si acababas de despertar.

Como si acabas de despertar y ves a tus grandes amigos esperándote, a las personas clave de tu vida, a las que de verdad te hacen llorar cuando están mal, a las que revives recuerdos y es inevitable regalar una sonrisa que llegue a ellos a través del aire. Era mi gente y a la misma vez ese sueño.

Fue el sueño.

Un sueño del que nunca creí formar parte.

Formar parte de la escena más triste en una estación de tren.

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