Los delirantes

El mundo parece un lugar inhóspito, arriesgado y automatizado donde la gente no da por los demás, cada uno guarda su historia, sin compartir ni pedir ayuda – es sobrevivir en una soledad – pero hay algunas anécdotas que se cruzan, fruto del destino y capricho del amor son. Es, a veces, cuando ocurren historias hermosas entre nosotros las que nos hacen recordar la humanidad que todavía fluye por nuestra sangre, es cuando inmovilizas al mundo peligroso, gélido e insensible para convertirlo en una historia que devuelve la fe en ti mismo, para que el mundo cobre el sentido que tiene: como el lugar donde guardarse con alguien para ser feliz.

Es increíble que mucha gente afirme que no cree en el amor, que se apaga en cuestión de horas, que es efímero, increíblemente difícil de entender y de explicar. “Lo llamaban loco” pero cuando la ilusión es lanzada en la misma dirección que la tuya, te cuestionas tu propia existencia, incluso tus sueños se marcan en una nueva meta, algo cambia en ti y quieres hacerlo. Dar un beso y una mirada sembrada de ilusión, creedme, a día de hoy es un milagro del que no puedes pasar. Un milagro que traigo en forma de relato.

La felicidad se guardará en ti como al protagonista de nuestra historia. Un pequeño joven escondido detrás de una recepción en Cracovia. Melancólico, bohemio y pequeño escritor en aprendizaje.

Fue en uno de sus turnos cuando conoció a una pequeña y refinada francesa, de ojos cautivadores, cabello espeso y unas manos que desparramaban cariño a aquel que las cogiese. Dulce y preciosa, vaivén del mar, de la orilla de sus ojos y de un sol, qué sol regalaba aquella mujer cuando le hablaba.

Las miradas surgen y desaparecen en la muchedumbre de la realidad, se disipan si no las contestas pero la de ellos respondían como una carta sin remitente, arriesgándose sin vuelta atrás. Miradas y besos lanzados al aire y que, a escondidas, supieron recoger en un humilde lugar de Polonia. Floreciendo así una pasión española mezclada con un amor frenesí francés.

“Estaré aquí cinco días” y el sueño del chico quedó seducido. Sin querer, su poesía  cobraba conciencia al empezar a tener nombre y apellidos. La inspiración que años atrás le venía sobre alguien resultaba venir de ella. Manías del azar. Tantos años escribiendo para contemplar en un segundo que siempre describió a una princesa de Francia. Fluye en su cabeza aquellos ojos, los labios y a su alma llevó a ella. Unos cinco días para caer en el abismo del amor, para empezar a llorar de locura por aquello de “cálmate pequeña, nos hemos conocido”.

“Dime que es para ti el amor, dímelo en francés” El chico escuchó la melodía hipnótica de un acento nativo del sur de Francia. “Explícame qué es para ti el amor, hiéreme como las espinas de una rosa hieren una pasión, conquístame sin miedo con la valentía de nuestra locura”.

Ella respondió con sus manos, derramando un hambre de cariño que supieron alimentar en cinco días. Un beso, una caricia y unas manos agarradas deberían marcar el camino de nuestras vidas.

Descubrieron que ambos eran escritores, errantes de una vida e imprudentes de este arrebato. Sin ser conscientes del protagonismo de su historia, aparecerán y los llamarán delirantes. Delirantes de una pasión, del huracán que crearon con los abrazos, de las lágrimas que marcaron la promesa de la última luna agarrada en el frío polaco.

La última luna dio homenaje a un amor que nació, a una felicidad contrarreloj y un anhelo que estaba por ver. Había que dar significado con aquellas pulseras que prometieron cuidar entre la distancia de la amada Francia y la desapercibida Polonia.

Hacer el amor fue un hecho, la franqueza de la situación marcaban los latidos de dos corazones enamorándose perdidamente de uno y del otro. El chico explicó aquella locura en una carta que entregó con la desconfianza que crea una despedida en el aeropuerto, con la mezcla atormentada del adiós y unas agrias lágrimas.

“Aprendí a escribir sobre ti en España, resistí al frío esperándote en Polonia y viajaré hasta París para que me enseñes qué es el amor”.

Todavía viven su locura, en la distancia comparten los delirios que la vida les trajo y aprendieron que el mundo todavía se seguía moviendo por amor. Que la pereza y la lujuria del interés desaparecía cuando conoces un agradable halo de luz que responde a tus necesidades. Todavía seguimos siendo humanos.

Para que la vida te sea más bonita pregunta con el ímpetu del corazón, habla con la rapidez de una mirada y responde con la fragilidad de tus manos.

Amor, pronuncia amor porque es un milagro.

Y existe.

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