Estoy hecho de ti

Sacó el orgullo afuera y apareció su llanto que acompañó la frase de sus labios:

“Créeme, me importas”

Acepté que voy por un camino, ella por otro, pero el pensar en nuestro mutuo amor inspiraba mi futura personalidad. Te das cuenta con el tiempo.

Lo más precioso de mi memoria, lo que tengo guardado para mí, será la calle donde me vi besándote y tú, seguramente, acompañarás la imagen, ya que la calle se impregnó de ese beso, pasaremos, dejaré mi recuerdo y tú lo completarás también al pasar. El recuerdo del amor es como una fotografía en un albúm llamado vida. Cada vez que lo abras me verás, te veré, pasarás por la página que marcó el latido de nuestro pentagrama y recordarás quién fui para ti, no por la persona sino por el valor que me diste.

Ya sólo nos queda aceptar de quién estamos hechos porque lo confundimos, no estamos hechos de algo sino de alguien.

Te quiero tardío

Ella no se esperaba nada. Tenían que verse en un encuentro algo amargo. Esta vez había que hablar mucho, sobretodo, por la discusión de días anteriores. Su historia era un chocolate amargo que cuando lo mordían les recordaba que el gusto es diferente al chocolate con leche, eran y son una historia con miedo.

El chico había preparado una carta para ella. Necesitaba dar portazo a aquella relación, le estaba consumiendo por dentro. La nobleza de las palabras y de cómo lo habían educado le llevaron a ello: escribir una carta. Siempre lo hacía, cuando notaba que una relación de amistad o de amor se estaba acabando. Él lo sentía, había llegado el momento.

La razón de este tipo de cartas es que, el muchacho, quería demostrar al mundo la otra parte que nadie ve. La parte en que sigue habiendo gente buena que no vive con frío y miedo. Era una manera de hacer enseñar que podía aprenderse de aquello que, aunque lo suyo se había acabado, había que dar la moraleja de la relación sino, esa historia no significaría nada.

La chica triste recibió en sus manos la carta:

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¿No os parece increíble?

Quizás la fe ha quedado algo anticuada pero aún sigue existiendo. La fe es algo con lo que tenemos que convivir. Hay gente que le gusta reconocerla y a otras que no. Yo soy de los que dice que la fe es algo muy íntimo, algo tan íntimo que responde a un dios que nosotros mismos creamos. Ese dios es tu razón, te mueve a rezar en las acciones que haces, en confiar en ti mismo y a poner los acentos en las palabras que conforman tu historia. ¿No es increíble que tu propia vida responda a una gran novela?

La música de tu vida, quizás las notas más importantes, la dan aquellas personas con las que decides compartir la mayor parte de tu tiempo. Tienes algo en tu interior que mostrar, que enseñar y dejar a las personas disfrutar con tu magia. Nacemos desnudos, nos invitan a vivir de manera independiente para acabar muriendo solos. ¿No es increíble que siga habiendo gente que confíe en vivir juntos?

Vivimos en un mundo que, sin armonía ni paz, se mueve bajo la música de unos violines que suenan deprisa. Haciendo de todo ello un mundo horrible incluso inhabitable. La vida hecha supervivencia, dicen algunos. ¿No es increíble que bajo ese mundo se encuentren miles de historias fuera del alcance de tu mirada?

Pero, aún así, el mundo se sigue moviendo. Con música o sin música. Con fe o sin fe. Con soledad o alegría. Con razón o sin razón. Se mueve despacio dando saltos gigantescos en cualquier vida.

El mundo se ha quedado pequeño para el amor pero aún sigue habiendo montañas que se están moviendo por esa razón.

¿No es increíble?

Lo increíble es ver, tocar y sentir. Y nadie se ha dado cuenta de eso.

El dibujo de los monigotes

Desde pequeños se nos enseña en una clase de preescolar unos dibujos en los que salen unos monigotes de diferentes colores: un negrito, un chinito, un europeo, un americano y otros varios. Todos ellos cogidos de las manos y con un gran mundo en el medio, que con el lema “Todos somos iguales” la profesora nos intenta decir eso: Independientemente de nuestro color, raza, cultura o religión somos iguales entre unos y otros.

La foto que veis arriba pertenece a un barrio de Cracovia, que está alrededor de 40 minutos del centro en tranvía. Es la última parada del tranvía 8, “borek fałęcki” se llama. Es un sitio donde nadie va, exceptuando la gente que vive allí. Con gente que nadie va me refiero a extranjeros y turistas. Y yo ¿Qué hacía allí?

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La mirada inolvidable (PARTE 1)

PARTE 1

“El viernes inolvidable”

Él volvió a enmascarar su inocencia al recoger las cosas de su trabajo para volver a casa. El turno del hostal donde trabajaba ya había acabado. Serían las 8:30 de la mañana y presentaba un resfriado que estaba a punto de aparecer. Su madre, siempre le decía que en sitios tan fríos, como en el que estaba, no debía ventilar la habitación estando él dentro, pero aún así, ahí lo tenéis, con el típico dolor en la garganta. Más que en la garganta la dolencia se podía encontrar en otra parte. Suelen decir que cuando te encuentras bajo de defensas enfermas con más facilidad. El dolor físico debe estar relacionado con el estado anímico; estás mal y parece que tu cuerpo lo manifiesta enfriándote la garganta. Quizás este era el máximo ejemplo de esta teoría y que por mucha naranja que se estaba tomando de nada sirvió.

Era Lunes por la mañana y salía del trabajo algo cabizbajo. Lo sorprendente de todo esto es que lo que había pasado durante el fin de semana lo llamó “inolvidable”. Lo comentó con su mejor amigo en la noche mientras estaba en su turno del que salía esa mañana, siempre que ocurría algo así la ilusión despertaba en él. La ilusión de “quizás es ella” hacía enrojecer su cara, sobretodo, cuando todo se sale del protocolo, de lo normal.

Él era así: a veces sin solución y otras pensaba que daba miedo por como era con la gente, que no había nada que hacer – que una vez más había perdido – Ya era bastante mayor como para darle tanta vuelta en su cabeza a ese tema una vez más. No era momento de regalar una rosa que, aunque tuvo la oportunidad de haberla regalado en ese fin de semana, la timidez y la no inocencia pudo con él. “Maldita madurez” pensó muchas veces.

Pero, ¿Qué le hizo llamarlo “inolvidable” para después estar tan cabizbajo? Quizás sería lo que pensó justo después de haberle mandado “el mensaje definitivo”.

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Historias pendientes

El amor se encontraba triste, sucumbido en un cenit amargo, duro y con una inocencia resquebrajada. Las lágrimas estaban guardadas para el final, para entremezclar una ilusión que afloraba y una tristeza que ya era presente. Significó entender y aprender del uno y del otro.

La calle en sí se encontraba oscura, con las estrellas caídas y un camino empedrado que marcaban el surgir de un adiós: de dar las últimas pinceladas a un precioso cuadro a punto de terminar. Un doloroso paseo hasta el portal para decir adiós. Ellos no querían, no deberían haber llegado allí. Lo sabían pero jugaron con fuego. La esperanza fue así con ellos. Se les brindó la oportunidad de estar juntos por un tiempo y ahora era el momento de la huída, de decir adiós con el corazón. El hambre de cariño, la necesidad de echar de menos a alguien y de tener a ese alguien especial los llevó a quererse.

La espuma del mar, el sonido del violín al gritar que se quieren y el rasgueo de una guitarra sin afinar señalaron el adiós cruel y mezquino. La sensación de ver como una estrella estaba a punto de nacer desvaneció, explotó en el infinito para medio crear un mundo, un mundo con una base especial. Una historia con un adiós en el medio y posiblemente en su final. Serán sus ojos los que dominaron por completo esta historia, ¿Qué tendrá tu mirada? – preguntaba la chica – . Mirada inocente y curtida en la vida que ahora hacen de mi escribir esto.

El adiós supuso un adiós. Con tal cantidad de dudas que en la primera batalla ya quedaron sin responder. Se quedó todo a medio terminar. Se acabó.

Quedaron y quedarán pendientes, como los te quiero a medio pronunciar, como la vida a medio crear, como la historia que les seguirá en aquella calle.

Eran la inspiración a punto de crear, el camino a medio recorrer, las ganas de querer y  confiar. Eran la historia que quedó olvidada en sus interiores.

La vida, para decirse adiós convirtió el recuerdo en lágrimas, que secaron el miedo que quedó a medio derrumbar, de las flores que llevaron en sus pétalos cada agradecimiento que se tuvieron que dar mirándose a la cara, pétalos que quedaron y quedarán pendientes.

Las historias pendientes que resurgen cuando das el abrazo a otra persona o cuando besas a otra, todos tenemos una.

El miedo es frío

El chico se levantó de aquel sofá. Algo triste, melancólico y con el pelo alocado. La situación era difícil de explicar. Se levantó en la casa de aquella muchacha que le estaba ayudando a buscar piso. Las cosas, quizás estaban muy frías, no sólo por el país donde estaban sino porque la relación entre ellos estaba empezando a serlo. Para él, aquello suponía el regreso, turbio pero regreso, la segunda parte de su huída y para ella no era nada más que su día a día. Una vida normal mezclada con alguien que quiere huir.

– ¿Qué tal te has levantado?

– Bien, gracias.

Estoy muy orgullosa de tu actitud, alguien en tu misma situación hubiese vuelto y hubiese dejado todo a medio hacer. Estás ahí, con tus pequeñas manos frías, sin casa. Consiguiendo y perdiendo a la misma vez todo. Éxito y fracasos. Estoy al tanto de tu vida. 

Lo sé, gracias.

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